28-10

Él no llego cuando más rota estaba. Llegó mientras renacía de mis cenizas y me iba haciendo cada día un poco más fuerte. Llegó cuando mi autoestima empezaba a elevarse valiosos milímetros. Y quizás fue esto lo que hizo que llegara, me viese, y decidiera quedarse. Sin embargo, aunque todo en mi vida parecía erguirse de nuevo, había veces que caía, muchas veces, tantas que ya perdí la cuenta. Y en estas caídas desde lo alto del rascacielos, todo quedaba destruído y no recordaba ni un sólo motivo para sonreir. Y entonces él estaba ahí, siempre que lo necesitaba, para abrazarme con sus palabras de ánimo, para besarme con caricias y secar mis lágrimas con la ligereza de su risa.
Y se que quizás no es lo mejor pensar que ahora sin él no sabría ser feliz, pero ¿qué voy a decir si fue él quién me enseñó a serlo?